La audacia del saber

Si comienzo mi exposición hablando de nosotras las profesoras universitarias, probablemente provocaría reacciones de contenida sorpresa, mezcladas con inseguridad de si se me habría entendido bien.

Si continuara añadiendo que somos honradas, trabajadoras, productivas y conscientes de nuestros deberes, la sorpresa inicial daría paso a una abierta perplejidad y, en algunos casos habría alguna expresión de desconcierto.

Si prosiguiera afirmando que no nos pagan un salario igual por un trabajo igual y que estamos muy descontentas y vamos a llevar nuestra querella a los tribunales, estaría dando forma a una reivindicación de género que goza de universal aceptación puesto que la defienden, al menos de boquilla, quienes se benefician de lo contrario, pero algo en su enunciado seguiría chirriando, por decirlo suavemente. Algunas personas se resignarían a seguir escuchando a alguien que no domina muy bien la lengua en que se expresa y hasta es probable que otros, coligiendo que mi uso del femenino es incorrecto, me explicaran que la regla de que la forma masculina sea neutra o epicena e incorpore a la femenina mientras que esta solo es específica, es justa, conveniente, ahorrativa, masculina, pero no contraria a los derechos de las mujeres.

Otros, yendo más al fondo del asunto se percatarán de mi buena intención y entenderán que lo hago a modo de provocación para poner de relieve algo que nadie niega, esto es, la subalternidad de las mujeres en nuestra sociedad y la necesidad de defender la emancipación femenina. Pero dirán que estoy exagerando, sacando el asunto de quicio e ignorando reglas neutrales, inocentes, que nada tienen que ver con finalidad discriminatoria alguna ya que, como todo el mundo sabe, en la formación de las lenguas, nadie tiene una función determinante pues es resultado producido anónimamente a lo largo del tiempo. La reglas y normas no vienen impuestas por voluntad humana alguna, individual o colectiva, sino por la necesidad de la evolución de esa misteriosa realidad semimaterial y semiideal, ese ámbito intersubjetivo que es el lenguaje articulado con el que todos nos comunicamos y del que nadie es responsable. Es un elemento del espíritu del pueblo, el Volksgeist, del que todos somos beneficiarios o perjudicados.

Se me dirá que se trata de leyes del lenguaje. La ley inspira siempre respeto. Tanto cuando es una de la naturaleza como cuando es moral o de la razón. La coincidencia en el nombre de ambos fenómenos induce a numerosos errores. La ley natural es un enunciado de un hecho cierto producido por causas también ciertas y es válida con independencia del tiempo y el espacio. Una ley natural no puede ser falsa; no, al menos, hasta que, como señala Popper, sea falsada. Pero, mientras eso no suceda, la ley natural es cierta, indudable, al cien por cien. Pertenece al campo del ser.

La ley moral, la ley de la razón, la ley humana, jurídica, pertenece al campo del deber ser, no implica una relación causal de origen sino de efecto y depende de la voluntad de los seres humanos, esencialmente tornadiza. Y, si las leyes naturales no pueden ser falsas, ¿pueden ser injustas las leyes humanas? Por supuesto. El mundo rebosa de ejemplos de leyes injustas, inmorales, tiránicas y que, sin embargo, son leyes… hasta que dejan de serlo. Cuando esto se produce suele decirse que se da un conflicto entre el espíritu y la forma de la ley, un asunto repleto de enseñanzas pero en el que no podemos detenernos. Era ley que las mujeres no votaran, que fueran sujetos jurídicos de segunda categoría, que ciertos seres humanos fueran esclavos, que algunos criminales fueran ejecutados o que lo fueran los homosexuales. En muchos lugares del mundo varias de estas normas siguen siendo leyes, piezas de ordenamientos jurídicos de países en los que habitan millones de personas y que forman parte de organismos internacionales gracias a los cuales en buena medida, la humanidad como especie avanza. O eso creemos.

De hecho.se plantea aquí un problema muy interesante, que suele emerger en épocas de crisis, la de si hay deber de obediencia a la ley injusta. Según San Pablo, en la epístola a los romanos (13, 1-2), sí. Según la inmensa mayoría de los autores y la doctrina posteriores, no. Sobre esto se ha escrito mucho y aquí radica el origen de la teoría y práctica de la desobediencia civil que se basa siempre en un supuesto derecho de resistencia a la tiranía, planteado por los monarcómacos durante las guerras de religión hace ya casi medio milenio y que llega notablemente perfeccionado hasta hoy cuando se aprecia su gran fuerza movilizadora en nuestras sociedades ampliamente mediáticas. Toda desobediencia civil es un intento de poner fin a una injusticia, exponiéndola coram populo. Aun así, se trata de un debate jurídico, del deber ser. La cuestión de si cabe recurrir o no a la desobediencia a la ley se basa en la idea, también muy generalizada, en la vía de la equidad, de que no se hicieron los seres humanos para las leyes sino, al revés, las leyes para los seres humanos. Si los seres humanos cambian, las leyes, manifestación de la voluntad de los hombres, deben cambiar.

En efecto, es un debate jurídico, no uno de hecho en el que las cosas son o no son. Aquí aparece una diferencia sustantiva entre la ley del derecho, la ley jurisprudencial y la ley de hecho, la ley natural. Carece de sentido plantearse si se desobedece la ley de la gravedad. La ley de la gravedad es independiente de factores humanos. Otras leyes de la naturaleza, también. Las leyes naturales no son justas ni injustas. Se pueden modificar, pero no se pueden ignorar y suele ser ridículo combatirlas.

La cuestión ahora es averiguar en cuál de los dos campos de la ley cae la que rige el uso de géneros en la lengua. Y la pregunta será si este uso tiene base empírica o está apoyado exclusivamente en algún tipo de creencia infundada, de dogma o de mandato divino. Porque, según se decida por uno u otro parecer, estará puesto en razón que se desobedezca o no. El reparto de géneros en el habla y su incorporación en el uso lingüístico viene dada, según se dice, por la propia naturaleza de la relación de que se trate. La construcción patriarcal del lenguaje no es producto de una voluntad previa de dominación sino resultado del funcionamiento espontáneo de las cosas, según los trabajos que cada género realice por su cuenta. Esto da a los hombres una preeminencia física inevitable que desemboca luego en una técnica y acaba consagrándose en las formas gramaticales, aceptadas con diferenciación de funciones por ambas partes.

En este sentido, la norma enunciada quiere acercarse al carácter apodíctico de las leyes naturales y experimentales. Pero esto tampoco es aceptable, no porque las leyes gramaticales no sean en absoluto leyes en el sentido jurídico como mandatos del orden imperativo sino porque tampoco pueden serlo de modo completo en el sentido experimental, aunque hoy sea hegemónica la doctrina de que todo no se explica nunca aplicando una sola metodología. Incluso aceptando el postulado de la gramática universal propia de la lingüística generativa, está claro que esta se refiere a las relaciones morfológicas y sintácticas de todas las lenguas, pero no tiene nada que ver con su faceta de trasmisoras de significados, valores, símbolos.

Transformemos esa gramática universal en una pragmática universal, como quiere Habermas, tirando de Gadamer. La cuestión abierta se mantiene, pues excede del campo de la lingüística para entrar en el de la semántica, allí en donde los signos se cargan de significado de acuerdo con el contexto. El orden social universal es patriarcal y solo puede ser producto de una voluntad deliberada, aunque no de un solo factor. Resulta no ser una reacción natural y neutra sino que se dibuja siempre como algo intrínsecamente conveniente, siempre por alguna razón respetable y absolutamente convincente, por ejemplo, la economía de esfuerzo. ¿No es más rápido y eficaz decir “los madrileños” que decir los “madrileños” y las “”madrileñas”? Se le alcanza a cualquiera. Se llama economía y utilidad. Nadie quiere ignorar a las madrileñas, pero se las incluye en un grupo, de “los madrileños” que las representan. Lo contrario no es cierto. El uso del femenino no incluye lo masculino y, como quiera que esta desigualdad no es azarosa, ni aleatoria, sino permanente, constante siempre en el mismo sentido, deberá entenderse como una decisión deliberada de quien ostenta la condición de representante y quien la de representado, aunque esta representación no esté originada en mandato expreso alguno sino impuesta por una violencia que está en el mismo origen de la civilización.

Estas determinaciones traducen relaciones sociales reales que han durado años, siglos, milenios y encuentran su acomodo en el lenguaje. Este es como un río (metáfora heracliteana muy apropiada puesto que el lenguaje es el río que nos lleva en nuestras vidas), una realidad compleja, dotada de substancia y movimiento. Y una realidad frente a la cual solemos dividirnos en dos grandes grupos muy habituales en todo quehacer humano: los reaccionarios y los revolucionarios, los conservadores y los progresistas; quienes quieren dejar el río fijo en un momento dado, confundiéndolo con un estanque y quienes solo ven su fluir, confundiéndolo con el caudal.

Esa compleja realidad codifica infinidad de vínculos de todo tipo, entre amo y esclavo, marido y mujer, padre e hijos, maestro y discípulo, conquistador y conquistado, victimario y víctima, sacerdote y creyente, dirigente y dirigido, maestro y discípulo que se rigen por normas propias, basadas no en la razón sino en la fuerza. Esos vínculos, que no suelen ser si no explotación de unos seres humanos por otros o, si lo prefieren ustedes en términos más suaves, instrumentalización de unos seres humanos por otros, son los que aterrizan en el lenguaje y este los gramaticaliza siempre en colaboración con los beneficiados de esa explotación y esa instrumentalización. Trabajar como un negro, ser un “negro” de alguien, ser engañado como un chino, experimentar un odio africano, ser más avariento que un judío son atajos lingüísticos de sentido que nacen de prejuicios generalizados compartidos e incorporados, justificados y sacralizados en la lengua. Y tienen más profundidad de la que parece a primera vista. Configuran un mundo de leyendas, fábulas, creaciones artísticas, literarias sempiternas en las que crecemos, que nos impregnan y, por decirlo así, nos constituyen, elaboran los modelos y las pautas a las que nos atenemos, mitad conocimiento, mitad propaganda. Por eso la lengua en la que crecemos se llama “materna”. Estamos hechos en y por ella y a través de ella accedemos al mundo mental común que llamamos patrimonio universal de la especie. Un relato polifónico en el que todos nos identificamos. Desde la Roma imperial vengadora de Troya en Virgilio hasta el “peso del hombre blanco” en Ruyard Kipling, pasando por la gramática de Elio Antonio de Nebrija, las lenguas han hecho los imperios pero antes han tenido que convertirse en lenguas dentro de contextos sociales y materiales reproductivos.

Con las mujeres llegamos al paroxismo de la desigualdad y la discriminación porque si no todas las sociedades muestran la misma panoplia racial, todas cuentan con los dos sexos: literalmente rebosantes de fórmulas patriarcales cuyo cuestionamiento eficaz, de acometerse de una vez, provocaría un verdadero terremoto: el sexo débil, el eterno femenino, armas de mujer, crímenes pasionales, el afeminamiento como depravación, llorar como mujeres lo que no se sabe defender como hombres pues, en contra de toda evidencia histórica, según se dice y se inculca, los hombres no lloran, la doma de la bravía, la ascensión de Cristo frente a la asunción de María, la obediencia, la castidad, la virginidad y mil otros mitos que han hecho y siguen haciendo un infierno de la vida de muchísimos seres humanos, las mujeres públicas (frente a los hombres públicos), el origen femenino del mal debido a la inconsciencia, la vanidad o la doblez y perversidad de las mujeres frente al carácter noble y abierto de los hombres pues la esencia misma del bien está vinculado a la masculinidad, la virilidad es la base de la virtus latina, como la condición guerrera de Ares lo es de la areté griega.

El sujeto, la conciencia de la especie es masculina. La mujer es mero objeto y apenas hoy nos asomamos a la idea de que también sea sujeto con conciencia propia que de hecho no encaja en la que el patriarcado ha consagrado a través de sus leyes jurídicas o lingüísticas que, como sostenía Calicles en el Gorgias de Platón, no son más que la prueba de que el mundo se organiza según los criterios del más fuerte. Por supuesto, se trata siempre del reflejo de las relaciones sociales en el habla, de la división social del trabajo con la que todos nos encontramos al nacer, en la que se nos educa como indubitable y que solo podemos cuestionar mediante un acto de conciencia y en último término de rebeldía que, sin embargo, parece condenado al fracaso porque termina tropezando con ese espíritu profundo que anida en la estructura misma de las lenguas que es ciega y de la cual nadie es responsable. La mentira y el engaño emerge aquí, por detrás del birlibirloque científico.

La consideración de las normas gramaticales como leyes naturales tiene la pretensión de estar por encima de las llamadas “leyes” de la historia y no sucumbir a las exigencias del historicismo, pero no lo consigue y, aunque se carácter es más inductivo y estadístico que deductivo, quieren marcar distancias con los enunciados meramente normativos. Sin embargo, no tenemos modo de probar que, en el momento en que la especie comenzó a valerse del lenguaje articulado y a trasmitir significados estos no fueran consagración de unas relaciones sociales que, en lo que se nos alcanza y hasta donde podemos demostrar, han estado basadas siempre en la desigualdad, la fuerza, la violencia y la sumisión de un sexo al otro. Por más que, con la mejor intención del mundo, queramos imaginarnos una sociedad matriarcal, esta no tiene mayor verosimilitud ni consistencia que el paraíso terrenal o el cielo de los creyentes, poblado de huríes, para acumular razones a nuestro favor. Sus pruebas no pasan de las ensoñaciones de algunos antropólogos y filólogos decimonónicos, estilo Lewis Morgan o Johann Jakob Bachofen y algunos literatos y poetas de gran formación clásica y muy sensibles a un ideal femenino, como Samuel Butler o Robert Graves. Gente de la que tenemos mucho que aprender, desde luego, pero que están lejos de formular hipótesis científicas.

En el fondo, cuando se habla de que las estructuras profundas de la lengua, la gramática universal proceden de estos criterios clasificatorios suele incurrirse en una especie de falacia que consiste en confundir el significante con el significado y presentar un conocimiento ideológico como algo científico. La lucha de la Ilustración fue siempre contra la superstición y una de las artimañas que el pensamiento ilustrado tuvo que aprender a combatir fue la de la superstición y el prejuicio presentándose como ciencia. Y no como ciencia primitiva, folklórica o tradicional sino como ciencia experimental según la concepción actual, de raíz baconiana. La Ilustración derivó en el positivismo que empezó por bautizarse con un fuerte sesgo connotativo para ponerse fuera de toda sospecha con una intención que Austin, el analítico, habría aplaudido a rabiar. La conversión del estatu quo patriarcal con todos sus prejuicios en evidencia incontrovertible a base de embutirlo de método científico no tiene mayor vuelo que la famosa conclusión de Hamlet de que hay método en su locura.

Obviamente, la superstición más difícil de desarraigar es la que viene revestida de ciencia igual que la peor forma de injusticia es la que se oculta detrás de la ley vigente. Así como la injusticia se disfraza de justicia, la superstición se disfraza de ciencia y hay que luchar contra ella y atreverse a saber, Sapere aude. ¿Qué se quiere decir con esto? Que la ignorancia es siempre más cómoda; no requiere valor para propugnarla. En toda construcción social (y lingüística) hay una injusticia en la medida en que se invisibiliza a las mujeres, a las que nunca se nombra, se las trata como menores de edad, como seres incompletos, incluso cuando quienes aplican estos criterios ya han superado esta concepción. El ejemplo más llamativo, más conocido, del que manan muchos otros: exactamente, ¿cómo se llama la mujer de Putifar? Es decisiva, mucho más que el propio Putifar para entender lo que pasaría después con el pueblo elegido en el libro de José. Pero carece de nombre. Está reducida a su función: la del vaso del mal.

Y esta situación se considera injusta en función de unos valores de igualdad de géneros que hemos venido preparando desde hace mucho tiempo, que es producto de una evolución moral de siglos en esta parte del planeta y que hoy imperan, aunque no todos quienes los acatan formalmente están en el fondo de acuerdo con ellos y que tiene siempre que abrirse camino entre las brumas del pasado y los intentos actuales de dar un fundamente pseudocientífico a puras creencias ideológicas. El creacionismo no está muerto y esgrime aparataje pretendidamente científico para imponerse en las aulas, al igual que el principio de desigualdad entre las personas, el carácter defectivo de las mujeres, la inferioridad mental de ciertas razas, la naturaleza patógena de las opciones sexuales y, si se nos apura mucho, hasta la concepción heliocéntrica. Nunca ha estado tan claro el carácter liberador, emancipador del conocimiento científico y la naturaleza cruel, inhumana del oscurantismo y la superstición.

Por eso sigue viva la máxima horaciana del sapere aude en esa felicísima y muy combativa formulación. Hay que atreverse a saber, hay que indagar, preguntar, criticar, refutar, negar la validez de todo lo recibido, por muy tradicional o averiguado que se presente y que no se valide a los ojos de la razón. Es el programa de Kant en su ¿qué es la Ilustración? Un esfuerzo titánico, prometeico, que nos corresponde a los seres humanos para salir por nuestras propias fuerzas del error, la oscuridad, el engaño, la falsedad. Es algo similar, si se me permite la broma, a aquella hazaña que de sí mismo contaba el fanfarrón Barón de Munchhausen cuando afirmaba haberse sacado a sí mismo de un pantano a base de tirarse de sus propios pelos. El saber, el acceso al conocimiento, es un acto de rebeldía, de cuestionamiento y oposición, una audacia que siempre, y hoy igual que siempre, ha ido acompañado de algún tipo de amenaza o represalia. El conocimiento es una aventura en lo desconocido que forma parte de lo mejor y más valioso que tenemos los seres humanos y contra lo cual otros seres humanos luchan denodadamente. El conocer comienza con un cuestionar lo establecido, con una negación. Es el primer paso en la dialéctica de la negatividad. La estructura patriarcal del lenguaje parece obviamente más difícil de desmontar que la teoría del derecho divino de los Reyes pero tiene su misma naturaleza y correrá igual destino, solo que más tarde.

En esa lucha de la razón contra el sueño que un glorioso aragonés inmortalizó nunca se llega al final y con frecuencia se sufren derrotas frente a las que reponerse con nuevas energías, siendo las más peligrosas las que vienen disfrazadas de victorias. Igual que la peor injusticia es la que se comete en nombre de la ley, la peor ignorancia es la que se edifica sobre la peana positiva de una ciencia acrítica, como ya vieron con gran perspicacia Adorno y Horkheimer cuando avisaron a través de la dialéctica de la Ilustración que este llevaba en su seno el huevo de la serpiente.

Foucault falleció antes de participar en un seminario que se había programado para que Habermas y él debatieran acerca de las consecuencias del ensayo de Kant sobre la Ilustración. Ya nunca podremos saber lo que el filósofo francés, autor de la Arqueología del saber, tenía pensado decir. Solo podemos actuar nosotros, tratar de reconstruir el discurso de la modernidad en esta época postmoderna, en la que, habiéndose proclamado el principio de igualdad entre los sexos y la emancipación social de las mujeres, seguimos viviendo en un mundo en el que, desde los contratos laborales hasta las estructuras lingüísticas y los recursos cognitivos más ocultos siguen articulando una realidad que, en el fondo, niega estos principios y remite a un orden social que contradice la imagen ideal que de él tenemos.

Solo la luz de la razón y el saber iluminan nuestro camino al que acechan fuerzas muy poderosas basadas en los intereses creados del mantenimiento del statu quo y capaces de recurrir a todos los procedimientos, incluidos los más inicuos por estar de antemano justificados en la fe que suele presentarse como la otra luz, la que guía auténticamente nuestros pasos. Al igual que Hércules entre la virtud y el vicio, los seres humanos tenemos que seguir optando entre la razón y la fe.

A su vez, el camino del saber no es una explosión repentina y numinosa como le pasó a Pablo camino de Damasco o como los apóstoles consiguieron el pleno dominio de las lenguas en Pentecostés, por ciencia infusa. Al contrario, es un empeño arduo y difícil, un transitar por senderos escarpados en un entorno hostil, del que parte todo tipo de distracciones, desde amenazas a cantos de sirena. Es un batallar en contra de la ignorancia, siempre complaciente, de la censura, del dogmatismo, de las aparentes verdades recibidas y sostenidas con el peso de la tradición o el argumento de autoridad. Dura toda la vida, que es breve, en comparación con su tarea.

El consuelo frente a este triste destino es el elemento fáustico en el quehacer humano, esto es, la idea de que, aunque la vida sea breve, el saber nos da capacidad para moldearla según nuestros gustos. Nos da poder, como Mefistófeles se lo da a Fausto a cambio de su alma. Este es el sentido de esta maravillosa leyenda, una especie de repetición del mito originario con el que nace la religión mosaica y de ahí también la cristiana y la agarena: el conocimiento, el saber, es malo y lleva a la perdición. Es de nuevo la dialéctica de la Ilustración: el saber puede ser malo, pero peor es el no saber, la ignorancia, que nos convierte en seres acobardados, humillados, degradados.

Con la luz de la razón disipamos las tinieblas de la ignorancia y enderezamos entuertos e injusticias que anidan en ellas. El saber es poder, dice Bacon en célebre frase y un poder tan grande que no alcanzamos a entenderlo. Que la ciencia contemporánea debata la cuestión de si ya hemos llegado al límite de nuestros conocimientos o si no hemos hecho más que empezar demuestra cuán perdidos nos hallamos. Tanto que uno de los rasgos más pintorescos de nuestra época es la conciencia de haber llegado a este asombroso grado de desarrollo prescindiendo por nuestros prejuicios de la aportación que hubiera podido hacer la mitad de la humanidad. Dos mil quinientos años después del célebre e imposible oráculo de Delfos de conócete a ti mismo, tendremos que reconocer que apenas hemos empezado la aventura si uno de los mayores genios científicos vivo, capaz de escudriñar los más recónditos recovecos del universo, Stephen Hawkings es capaz de decir que el misterio más insondable que ha encontrado en su vida es la mujer. O sea, la mitad del género humano.

Ese poder que nos da el conocimiento comienza ahora a entender que nunca podrá llegar al cumplimiento del oráculo si no es capaz de reconocer cómo ha construido su autoimagen beneficiándose de las situaciones injustas, de la supeditación, subalternidad, instrumentalización y opresión de los demás. La sensibilidad frente a la injusticia está inscrita en la conciencia de cada cual. Otra cosa es que la escuchemos. Si todos lo hiciéramos y siguiéramos sus consejos, no habría razón para plantearse una Teodicea ya que el mal habría desaparecido del mundo y, con él, uno de los principales argumentos en contra de Dios.

Pero no todos y no siempre escuchamos nuestra conciencia. El ser humano es libre y en ese libre albedrío puede seguir el dictado de su conciencia o el contrario, generalmente el de sus intereses.

Para terminar, concentremos el foco en aquellos que sí escuchan la voz de la conciencia que, al fin y al cabo, no es otra cosa que saber que se sabe. Es esta conciencia del saber la que a veces resulta muy ardua pues revela la brevedad de la vida frente al carácter ingente de la injusticia que querría remediar. La vida humana es inaplazable y por eso se angustia ante la inmensidad de su tarea, esa angustia que se traduce en la frecuente expresión entre gentes que tienen un objetivo emancipador común a largo plazo de “yo no la veré, pero llegaremos a la tierra que buscamos”. La vida es inaplazable y el deseo humano de ver aniquilada la injusticia, perentorio. Esto no es más que otra forma de enunciar el famoso apotegma de Protágoras de que el “hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son”. Esa medida la vivimos los seres humanos en el curso de nuestra inaplazable existencia y esta se nos plantea como el resumen y el objetivo de nuestras vidas. Por eso, a veces, las personas acuden a procedimientos de urgencia, para acortar caminos, sacudir modorras, despertar espíritus. Desobedecer.

Y por eso mi familia y yo estamos muy agradecidas por la atención que nos han prestado ustedes.